martes, 9 de julio de 2013

XIV.

Hoy es uno de esos días en los que te escribiría una carta llena de miseria, de tristeza, con lagrimas en las manos y dolor en los ojos. Una de esas cartas que escribes todo lo que sientes, y que cuando la acabas y la lees, sabes que no puedes enviarla. Quizás habría que romperla. Quizás hacerla añicos. O tal vez, quemarla. El resultado es que nunca la verás, porque al fin y al cabo, da miedo que sepas lo que pone en ella. Oh, querida, si supieses todo lo que te decía en esa carta no sé lo que pensarías de mi. Y te escribo para decirte que sabría que te irías, solo que no tan pronto, pensé que el salto se retrasaría y seguiríamos de la mano, al pie del acantilado, al menos durante un par de minutos más, sin embargo soltaste mi mano y te zambulliste en aquel mar donde yo ya no puedo alcanzarte. Ya no estas. Siento que estas lejos, en algún lugar donde yo ya no puedo saltar.

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